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NUEVO EN ESTA PLAZA
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nueva plasaNUEVO EN ESTA PLAZA

 I

 Cuando pequeño me alegraba extraordinariamente cada vez que me llevaban a ver un filme español que tenía precisamente este título, no importaba cuántas veces tuviera que hacerlo. Se trataba de un joven empecinado que quería alcanzar su más preciado sueño: lidiar con toros bravíos en la Plaza Linares, de la capital española. Y a decir verdad, a fuerza de tenacidad, vio coronarse de éxito su empeño con el trofeo codiciado: la fama. Tal pensamiento se aloja en mi mente, tal vez porque la nostalgia es como una saeta que nos aguijona el alma en su punto más sensible, y cuando algún acontecimiento se nos presenta, llevado y traído, por las olas de los años allá, en la ribera del tiempo… nos hace rememorar pasajes afines. Debí titular esta crónica “Nuevos en esta plaza”. Pero, la emoción puede más que la razón. Así es que prescindiré de las restricciones académicas, y llegaré a usted con el mensaje, tal como me lo dicta el corazón: “Nuevo en esta plaza”, aunque sean varios los personajes que se adentran en su laberinto de emociones. Supongo que ya nos conocemos; sabe que somos de la Organización Evangélica Internacional para el Desarrollo Integral de Haití (OEIDIH); que conoce además los propósitos filantrópicos que nos animan, pues hemos acogido en nuestro regazo a un conjunto de niños huérfanos, venidos desde diferentes sitios de la capital de Haití (y también de otros rincones de esta agreste nación) luego de ser deshojados, por la violencia del terremoto del pasado 12 de enero de 2010 y por otras circunstancias desagradables que suelen hundir a las personas en el foso de la desolación. Mucho pudimos haber conversado desde el nacimiento de esta historia. Pero las circunstancias propendieron que en ocasiones nos hubiéramos distanciado un tanto. Al final, como las olas del mar, somos arrastrados de regreso a su presencia, y con la bandeja llena vivencias, le tendemos la mano, a fin de que las comparta. Venga conmigo…

 II

…Esa tarde sonó el claxon de un camión, y el hogar de niños huérfanos se revolvió, como cuando usted remueve la tierra que cubre el promontorio de un  hormiguero. Cada uno quiere ser quien abra la puerta para dar paso al vehículo.  Todos esperan ansiosos, pues desde la mañana Esperanza Jacob ha salido a la búsqueda de diez niños huérfanos, que incrementarían la nómina de nuestros inquilinos a la cifra de 25 y ha tardado en regresar. Siempre que usted sale a la calle, en Puerto Príncipe, deja una estela de expectativas en su retaguardia, por el conjunto de circunstancias que rodean cada trozo de esta ciudad; de modo que cuando eso ocurre, lo mejor es encomendar a Dios la protección. Por eso cuando alguien de regreso dando señales de vida, toca la puerta, cada quien recupera su vida a su manera. Es un sonado acontecimiento, sobre todo para los niños y adolescentes de la casa, acostumbrados a la monotonía de las mismas caras, las mismas caras, las mismas caras… hasta el bostezo… El niño de guardia, es en definitivas quien tiene la prerrogativa de dar la bienvenida. Descorre el enorme portón de acero, y el camión da un gemido al subir la pequeña pendiente, hasta que al fin sueltan las anclas frente a nosotros. Rostros como tallados en cera desfilan  con una solemnidad de filme silente. Éste, escéptico, de ojos saltones, mira asustadizo las caras nuevas de las personas de quienes tendrá que depender en lo adelante, y la incertidumbre le hormiguea el estómago con agonía escalofriante. A su mente acuden diversas historias de niños, cuyo final se desconoce, que los pelos se le ponen de punta. De pronto piensa en su mamá y una película de húmeda impotencia le vela los ojos. La extraña enormemente, y a pesar de que no recuerda ya su cara, sí retiene en su corazón el calor de sus caricias cuando, por las noches le cantaba una nana antes de dormir. Todo acabó tan de repente que no sabe cómo pudo ocurrir. Solo le viene a la memoria que de pronto se vio sin ella aquel día del temblor de tierra y nunca más la pudo ver. Ve a la gente corriendo hacia todas las direcciones y gritando sin parar. Sin mucho esfuerzo distingue las caras ensangrentadas de los más afortunados que han escapado con vida de un edificio vecino derrumbado. Y él pidiendo ayuda para sacar a su madre presa bajo esa mole de escombros. Pero nadie le escucha. Cada uno llora a su muerto. Y a él se le ha secado el alma de tanto llorar. Así se diluye entre la enorme masa humana que se agrupa en una plaza, porque le comentan que la tierra volverá a temblar. Horrorizado se pega a una anciana que se lleva las manos a la cabeza como siempre solía hacer su madre, y eso le transmite un cierto sentido de dependencia tácita de quien ni siquiera ha advertido su presencia infeliz. …En ocasiones, cuando pasa cerca de edificio bajo cuyos escombros aún hoy yacen sus restos, le dan deseos de ser un individuo de enormes poderes y entrar allá abajo, dotarla de vida, sacarla, y orgulloso exhibirla, pavoneándose de orgullo como el héroe del mes; pero él no tiene esos poderes y además… Piensa de pronto en una gigantesca caldera de ceremonia vudú,  y en el badjikan  oficiando la ceremonia sacrificial, y la respiración se le entrecorta: siente la impresión de que un enorme peso le comprime el estómago… De pronto vuelve a la realidad cuando la voz de su  tutora ocasional, Esperanza Jacob, le insta a avanzar en la pequeña fila que se ha formado, mientras le pasa las manos por la cabeza. El niño piensa: “…que sea lo que Dios quiera”. Y así van avanzando. En realidad cada niño va rumiando sus propias expectativas, sus propios temores, sus incertidumbres… Acaban de abandonar un mundo de miserias y se les antoja que van a entrar a otro desconocido, que quizás sea peor… Los ojos asustadizos de la mayoría dice a las claras que hubieran preferido quedarse en aquel “mal, conocido”. Alguno piensa “por lo  menos estaría vivo, mientras que aquí… ¡vaya usted a saber!” Así avanzan, obedeciendo sumisamente, las orientaciones que se les imparten, y van hacia donde les orienten, con tal de llegar al final... Poco a poco su desconcierto se va trocando en certidumbre. Van apreciando en los anfitriones, gestos, acciones que nunca antes habían visto. Alguno piensa: “Vaya, no está tan mal”, se dice el escéptico, de ojos saltones. Todos se asombran cuando les sirven un enorme plato de comida, que se había preparado con el objetivo de darle un tiro de gracia al hambre “secular” que les aguijoneaba las entrañas. El de los ojos saltones devora el plato, como haría un reo ante su última cena. Aquel señor (Después le llaman “papito”, al pastor Ezequiel) les da la bienvenida y los llama “mis hijos” en un acto de solemne bienvenida.”Vaya, no está tan mal”, sigue pensando el escéptico, de ojos saltones, que comienza a patear el trasero de sus temores, más allá de las barreras de la duda. Ese señor les asigna un padrino, tomado de los propios inquilinos viejos, los adolescentes, que conocen al dedillo el reglamento de la casa y han recibido una buena dosis de formación. Esos serían los encargados de trasmitirles las normas de vida hogareñas para que no haya demasiado trauma y no sea tan demoledor el impacto en el cambio de sistema de vida. Luego de la opípara cena comienzan a fomentar tímidas relaciones. De cualquier modo esto favorece el proceso de adaptación, que van propiciando los improvisados padrinos.

 III

Poco a poco se van diluyendo entre la masa de niños que forman nuestro hogar. “Vaya, eso está mejor”. Y comienzan a ver como desde dentro de un túnel, la claridad de su propio destino, al final, en perspectiva real. El escéptico, el de los ojos saltones, el intranquilo… todos, absolutamente todos, ya tienen la certeza de que no serán sacrificados, sino que otros se sacrificarán por ellos; que su destino va a cambiar desde este mismo instante. Es más desde este mismo minuto ya ha cambiado. “¡Vaya, eso está bien!”. Diría el que fue escéptico, el de los ojos saltones ante la realidad que le impacta. El aire que respiran, de repente ya no les parece intolerable. Comienzan a distinguir el brillo de las sonrisas y por primera vez en sus corazones comienza a germinar la palabra amor.

IV

¿Epílogo? A mí me correspondió, por tener la misión de la compilación documental, desentrañar las conmovedoras historias de cada uno de estos niños a quienes sonrió la fortuna de no ser ya contados entre la enorme masa infantil que por las noches se acuesta sin comer en Puerto Príncipe. Como son tan disímiles, se las compartiré en pequeñas dosis ulteriores, para que también las viva, porque nacen de un proyecto de amor que se llama OEIDIH,  y que usted debe conocer.

 Arnoldo Civil Urgelles

 

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